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Primaveira Babel 2003 / Haroldo de Campos

  • Foto del escritor: Coss
    Coss
  • 4 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

A Carmen de Campos: por su hospitalidad

A Augusto: irmão siamesmo

 

El siglo XX —desde las vanguardias y  «la desintegración de las formas de la forma»— ha sido tan drástico para la historia, que es muy complejo para cualquier creador tener una posición con respecto al pasado, y sobre todo, una coherencia con su presente. Por si fuera poco, el siglo XVIII orilló tras su desmedida fe en la razón cínica, a una desconfianza ante los mitos, por tanto respecto de todas y cada una de las dimensiones simbólicas del hombre. Hoy el sentido de las palabras se ha vaciado porque quien enuncia es un ser hueco. Bien se ubican las coordenadas del momento si uno recuerda a Eliot diciendo ¿cómo explicar a un sordo que su casa se quema? No obstante, por encima de las guerras, los discursos, la omnipresencia atmosférica del mercado o toda la orfandad contemporánea, más vital que nunca queda la necesidad de intentar responder aquella pregunta crucial: “¿para que poetas en tiempos de miseria?” 

 

En la era del poema post-utópico, todo poeta sabe que su trabajo arroja siempre un saldo negativo, una pérdida, pues la entrega final de su oficio resulta siempre inconclusa. Inconclusa porque el lenguaje jamás alcanza para nombrar lo innombrable y aun así ha de intentarse. Un poema es sólo una suerte de ruina edificada. Como si restara del lenguaje una parte proporcional de la existencia. 

 

El pasado 17 de agosto falleció en São Paulo una de las voluntades poéticas más grandes de la historia moderna: Haroldo de Campos (1929-2003). A Haroldo (junto con Augusto de Campos y Décio Pignatari) latinoamarga —no sólo Brasil— debe la lucidez de formular desde el margen cultural, la vanguardia estética más brillante y crítica de todo el siglo XX: la poesía concreta. 

 

Leer al primer Haroldo, poseso a la concisión del mínimo común múltiplo de lenguaje o, ese otro de amalgama transemántica y barroca, la experiencia siempre es de vitalidad titánica. «Fome da forma» resulta imposible no agradecer frente a la emoción que su voz propone. La poesía es una zona intermedia entre la música y la lengua dijo bien Zukofsky. Si el sonido tiene límites, el silencio no. Medimos a los poetas por la fuerza inventiva de su lenguaje y, curiosamente, esa dimensión refleja siempre el riesgo tomado para intentar, tal y como dice Bram van Velde «ver el rostro de lo que no tiene rostro». A partir de esta perspectiva existen poetas que han logrado rebasar —con la coherencia de su misma obra— los imperiosos designios de la vanidad y el homenaje. En toda América del Sur, jamás alguna aventura ofreció las dimensiones épica inventivas y el aliento de su texto Galaxias, acaso equiparable sólo con El Gualeguay del argentino Juan L. Ortiz. En la poesía no hay estilos, existen sólo posiciones. 

 

Suelo pensar en Haroldo junto a la sensación rumorosa de cruzar los cuartos de su casa de libros. Babel que se evapora tras algunos trazos en un manuscrito. «Desaprender todas las lenguas para poder traducir» decía… Peregrinar a la rua Monte Alegre a encontrar al conversador generoso fue la primavera. Le gustaba hablar de su arcoíris blanco, del modo de aprender japonés rodeado de niños, del descenso de Orfeo, de sus transcreaciones ya en proceso o, de las que quedarían por emprender… Durante más de medio siglo, la creación de Haroldo logró demostrar que el lenguaje tal vez es la más viva y feroz de todas las cosas. Sí. Todo artista que se estima serlo, ha mantenido una postura y un rigor formal que no deja contaminar su propia música. This planetary music for mortal ears. Engalanar un poema es darle un falso brillo, es urdir la usura de la retórica en contra de los demás hombres. No existe, según miro, mayor diferencia si uno lee sus ensayos, sus traducciones o sus poemas; traducir y trovar son aspectos de una misma realidad. Haroldo tiende un eje posible con el pasado porque su noción de presente permite otra resonancia angélica para un arte de compromiso con el lenguaje de los inventores: Make it new! (Pound) - Esperanza (Benjamin). 

 

De una decena de lenguas, logró revivir lo impensable: Finnegans Wake, Eclesiastés, Un coup de dés, Dante, Ilíada, teatro Noh o poesía japonesa, alemana, náhuatl, rusa, provenzal… Fue un reinventor de inventores: crítico insobornable y anti-cortesano. Con su obra queda el fabbro visionario de los valores de la poesía de todos los tiempos. Un Crisantempo, crisantemo en tiempo, tiempo en flor… 

 

Haroldo de Campos lega una constelación vigente para mirar y oír lo invisible de las cosas. Cumplió aquello otro que encuentra Stéphane Mallarmé es el papel del poeta: «volver más claras las palabras de la tribu». Su obra rebasa la literatura brasileira y cualquier clasificación accesoria. Su música planetaria viaja sobre las milumapáginas de libromundo; objeto del asombro de esa tribu que contempla: invención y galaxias en el horizonte de lo probable.

 

Sí:

And then went down to the ship.

 

Jesús Coss

2003

  

Texto tomado de El pez náufrago, La ciudad, 2003,

Foto de contracapa Editora Exlibris

 
 
 

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