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La locura

Matisse decía que el éxito es un espejismo y que por eso, el artista jamás debería ser prisionero de sí mismo, ni de un estilo, ni de ningún otro enemigo posible. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, mientras las instituciones rectores de Occidente se dieron a la tarea de confeccionar las nuevas técnicas de censura y alineación —en esos años fue concebida la idea de manicomio, idea más cercana a la cárcel que al hospital—, Oriente parecía obrar de manera contraria: la pintura “Ukiyo-e”. Voluntad jubilosa de dialogar con lo indeterminado, y mirar con inocencia lo cotidiano. «Vivir momento a momento, volverse enteramente a la luna, a la nieve, a la flor de cerezo, y a la hoja roja del Maple, cantar canciones, tomar sake, consolarse olvidando la realidad, no preocuparse de la miseria que viene de frente, no desilusionarse, ser como una calabaza hueca que flota sobre la corriente de agua, esto es Ukiyo-e, mundo flotante (Asai Ryoi). 

Entre lo visible y lo invisible, esta entrega de el pez náufrago presenta una muestra de aquellos materiales que, independiente de la tradición poética a la que pertenecen, tratan de manera directa o tangencial, el difícil territorio que solemos referir como: locura. Los textos como escenas de mundo flotante, o icebergs cuyo fondo no vemos, están inmersos en ciertas ambiguas, pero también lúcidas, improntas de creación, siempre móviles y siempre provisionales. Sin intención de adoptar la retórica psicologizante (o psicilogizada) de la confesión clínica y rehusando el simplismo de las alegorías, el desarrollo de la revista fue encaminado en tres direcciones. La primera: remarcar la debilidad de las nociones que tomamos por sobreentendido de: realidad, sentido, ideología, verdad, propósito… La segunda, intuir que las posibles coordenadas de la locura lindan con la deformidad de todo borde prescrito en el arbitrario -y que en esa misma dirección- el tema tiene que ver más con una cierta idea de naufragar en un espacio próximo a la intuición, a la melancolía, a la evidencia, al derrumbe existente entre la conciencia iluminada que diferencia las palabras y las cosas; tercero, una vocación por un estado particular para escuchar y ver aquello otro innombrable. En suma como dice Hölderlin: «desarreglar el desarreglo, de otra manera, con otro nombre».

Folie. En el mundo, en un mismo momento, permanecer y abandonarse. Encontrarse una vez perdido descubriendo la intemperie. Envolverse sólo con la pérdida. Los artistas japoneses de la edad de oro adoptaron diferentes “Go” (nombres artísticos), especialmente para marcar las transformaciones significativas en su vida, pero sobre todo, en su obra. A lo largo de su vida Katsushika Hokusai, utilizó más de 40 nombres. El último, antes de morir a los 89 años, fue «un viejo, loco por el arte».

Jesús Coss

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