top of page
IMG_5676.jpeg

La ciudad

Número piloto de la revista

  • Facebook
  • Twitter
  • LinkedIn
  • Instagram

Where the grass is not green

Tal vez un día, tras llegar a una colina, un filósofo iracundo mencionaba entre la calma del verde pasto que: el lenguaje era una ciudad. Tal vez aconteció de otra manera. 

 

Pensando en los 40 ladrones, hay —en este preciso instante— un viajero, hombre o mujer que, a bordo de un vagón de tren, se dispone a conocer la ciudades que imaginó desde el otro lado del océano; por supuesto, la diferencia entre las postales o los programas culinarios de Cable, y aquello otro que está por conocer jamás serán articulables. Para construir una brújula más eficaz que nos salve de los pormenores del turismo cultural, creo tal como Girondo, que es necesario ir por el mundo, tomándole el pulso a todas las cosas. 

 

De esta manera, uno se da cuenta que Praga: sus mujeres, los puentes, su arquitectura, sus colores, no cabrán nunca en la palabra Praga. Lo mismo con Buenos Aires, Dakar, Kingston, Bucarest, Delhi, San Petersburgo o San Francisco. 

 

Persiste esa enorme y no poco trágica ironía cuando se trata de entremezclar la geografía y el deseo. Calvino dijo algo muy cierto: los deseos ya son recuerdos. 

 

Toda ciudad es un rastro que ha dejado el lenguaje. La ciudades no están fijas, se mueven en nosotros; por eso perdura la Atlántida o el Dorado. Si Venecia, parece tanto en nuestras cabezas como en la mente del gran Khan y Marco Polo es porque, por encima de sus góndolas, canales y romances, persiste nuestro deseo de imaginarla de una manera específica. Cuando Calvino entrega un sinfín de ciudades juguetonas, todas ellas con nombre de mujer, y que por su gran fuerza tienden una red de miles de deseos, se entreteje una complicidad para soñar con ellas.

 

La literatura —que no es otra cosa que la relación material entre lenguaje y los símbolos que comparten diversos hombres a través de la escritura— confirma que una ciudad es mucho más que un territorio con dos o tres monumentos. Valéry decía que todo quien participa en una discusión defiende dos cosas: una tesis y así mismo. Si algo queda de Cartago es, seguro antes que cualquiera de las fechas de un pueblo sepultado por montañas de sal o un Aníbal impotente frente al imperio de Alejandro, la ridiculez y la genialidad de una venganza en manos de un mosquito.

 

En la calle hay una mujer que al hablar figura Molly Bloom; ¿será que estoy lejos de Dublín? Salgo del metro y recuerdo un poema del viejo Ez: The apparition of these faces in the crowd / petals on a wet, black bought. 

 

Una mañana en cono sur conocí una tienda llamada amimalópolis, y supe que no era un espejismo, porque toda urbe fluctúa entre sus intentos por enfrentar el orden y el caos, lo mismo, la imaginación. Y si en un laboratorio, el investigador que mira entre lupas puede descubrir colonias de microbios habitando determinado organismo, es porque, tal como Jonathan Swift, colocó a partir de la mirada de Gulliver, un espacio donde la imagen cobra sentido. En 1715, Lemuel Gulliver, descubrió el reino equino de los Houyhnhms. De existir alguna diferencia entre ambos oficios, el del escritor y el del científico, pudiese ser esta perceptible sólo por el linaje de sus nombres: Brobdingnag, Balnibarbio Glubbdubdrib. 

 

Borges, quizá como Homero, es un creador apócrifo escondido entre nosotros, o tal vez otra malformación de una cultura supersticiosa. En el cuento «Tlön, Uqbar; Orbis Tertius» narra que en el país (o universo) de Tlön, “no existen los verbos”. Decir algo en Tlön implica un recorrido tan elípticamente exquisito que demuestra que viajar y nombrar son espejismo de la misma ilusión: los espejismos de palabras; y, como tal, se vuelve una demostración de números imaginarios, ejercicios de la fantasía. Si en algún sitio pudiera concretarse esas creaciones sería lejos de lo pragmático: en el arte y en el azar.

 

Conocí Roma leyendo los viajes de Stendhal y viendo las películas de Pasolini. La desconocía el visitarla. Cuando escucho “París“, comprendo que nada tiene que ver esa imagen en mi cabeza con el sitio donde Albertine tomaba café en el lobby del Ritz, ni con el París de ciertos poemas de César Vallejo o, si se prefiere con aquel otro de Baudelaire o, el de las báquicas aventuras de Miller y Anaïs Nin. 

 

Veo en el Pasaporte sellos consulares de países que me hacen pensar en actos específicos. En ocasiones, veo que esos mismos lugares comercian sensaciones: Sintra para mí fue un café irlandés rumbo a la estación de tren, Londres: el cuarto Rothko y Santiago: el milagro de la claridad del cielo. 

 

Agradezco los nombres que recuerdo porque traen ahora a mi cabeza muchas otras cosas más que gente y edificios. Decir: Dubrovnik Y Katmandú, es jugar a jugar que creemos todos y cada uno que esas palabras pueden más o menos intentar dar un“rastro exótico “ de algo que quisimos creer. Para dejarlo claro, tanto Petra como Creta, son callejones indispensables de otra apología: el amor. Así se aprende a hablar: creyendo lo que decimos. Entonces hay santuarios para los sentidos como Kioto o Aya Napa, ceniceros como Las Vegas y Tijuana, encrucijadas como Tánger y Manhattan. 

 

Jesús Gardea sitúa Placeres en el territorio desértico de sus novelas. Sólo que no es el tipo de desierto que insisten los críticos. Sabe él que el mundo es sonido y soledad. Apenas eso. Placeres es un panal de abejas en el oído. Para él, leer es oír, decir es oír, escribir es oír. Todos y cada uno de sus libros mantienen esta coherencia y tal vez el texto que mejor lo muestra sea El tornavoz. Antes ocurrió con Faulkner, al margen del Mississippi, en Yoknapatawpha. Luego vino Comala, Santa María…, y seguirán muchos más. Decía que toda ciudad es un rastro que ha dejado la vida y el lenguaje. Viéndolo bien, a menudo —no siempre— las palabras son un rastro que dejaron las cosas y me parece curioso que si con lego hiciera un día una ciudad chiquita o —de mínimo— una película de una villa al lado de la costa, la llamaría Puerto Gal.

Jesús Coss

Tomado de El pez náufrago. La ciudad. 2003

bottom of page